Cuyín fue un personaje inmerso dentro de la efervescencia nacionalista de esa década. Nuestra pretensión era construir un mundo infantil lleno de animales peruanos con personajes que vivían en un imaginario barrio de Lima llamado Siete suelas y, por supuesto, a parte del cuy, eran vecinos Maquisapa, Taruco, Sachavaca o Paujil, personajes creados en nuestro humilde cuarto de la casa de Comas. La idea no cuajó, pero quedaron los personajes y el primero que pudimos llevar a una redacción fue Cuyín, el cual fue recibido entusiastamente por Gladys Padró, entonces editora de Urpi, suplemento del diario La Prensa.
Fue uno de los momentos más memorables de nuestra vida porque tuvimos el honor de conocer, en medio del trabajo, a gente importante que nos inculcó el amor no solo por el dibujo, sino por la literatura y el periodismo.
En todo este trajín de muchachos inquietos siempre nos acompañó nuestro padre. Él se encargó de registrar en la Biblioteca Nacional del Perú la memoria descriptiva de Cuyín, y tambíen de cobrar nuestros primeros honorarios que el diario La Prensa nos pagó por publicar en Urpi, ya que aún éramos menores de edad; por lo que si algún registro de ello queda, seguro aparecerá el nombre de Federico Ataucuri y no el nuestro.
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Facsímil del fragmento de la página 107 del Boletín Temas 73-86 de la Biblioteca Nacional del Perú. |
Las historietas que publicamos en Urpi, tenían como personaje central a nuestro cuy, y giraban en torno a la fauna y flora peruana, con algunas historias graciosas en las cuales Cuyín resultaba el protector y difusor del medio ambiente, jamás imaginamos que eso iba ser parte sustancial de lo que hoy conocemos como defensa de la ecología. Debemos revelar que por nuestra inexperiencia, los originales dibujados a tinta y plumilla se quedaron en los talleres de La Prensa y nunca pudimos recuperarlos. Como sabrán, este diario del jirón La Unión desapareció hace más de treinta años y todo su material histórico y periodístico fue desperdigado por muchos lados; por eso es que hoy no tenemos, por ejemplo, sino muy contados ejemplares de Urpi, a tal extremo que los existentes son considerados reliquias de la historia de la literatura infantil peruana.

Volviendo a los cuyes, como mencionamos antes, a diferencia del legendario cuy de Juan Acevedo, Cuyín tuvo una fugaz pero relevante vida pública. Nuestra persistencia de seguir haciendo historietas para niños con él, al parecer se convirtió en un obstáculo insalvable para su vigencia. Después de la experiencia militar que exaltó la producción nacional para niños en la prensa y la televisión (caso como Titeretambo o La Casa de cartón), nunca más se le dio seria importancia a esta industria de la cultura infantil. Testigos son Ernesto Ráez, a quien conocimos cuando dirigía el teatro de títeres del INTE o Walter Meza Valera que intentó relanzar programas parecidos, pero no tuvo el apoyo necesario.
En los ochenta, recorrimos algunas redacciones con nuestras historietas, pero siempre nos salían con la misma cantaleta: no teníamos el perfil porque estaba de moda la historieta de humor político. Esa fue la partida de defunción de Cuyín. Intentamos vanamente salvar al deshauciado publicando por nuestra cuenta cuadernillos, pero la crisis económica y la necesidad de subsistir nos obligó a abandonarlo. Por un tiempo nos dedicamos a hacer tiras cómicas con otro personaje llamado Maquisapa, que era de un humor blanco, pero no infantil, en diarios como El Callao y El Nacional.
Que nunca hayamos sido considerados por nadie en la historia del cómic peruano por no hacer historietas políticas o para adultos sino historietas para niños, no nos quita el sueño, porque consideramos que mayores merecimientos lo tienen Juan Osorio o Hernán Bartra con Coco, Vicuñin y Tacachito o El Trome. Pero tenemos la esperanza que algún día la historieta para niños tenga un sitio especial dentro de la historia de los cómics peruanos, lo decimos porque sabemos que existen muchos jóvenes con talento que les gustaría desarrollar este rubro, pero que se ven ninguneados por los otros que aparentan ser "más intelectuales".
Mientras, nosotros hemos volteado la página, pero no para siempre, sino hasta que llegue un gobierno o existan instituciones privadas o públicas que se interesen verdaderamente por darle a nuestros niños cosas ajenas a la televisión basura.
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